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LOS AÑOS QUE NOS DEJA

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Cruzando todos los días esa puerta con la sonrisa de oreja a oreja llega a visitarnos con sus ocurrencias. Solo usted nos hace levantar la cabeza, solo usted nos distrae de las tareas para prestar atención a su buen sentido del humor. Esta tarde nos llenó el alma de su emoción, vimos humedecer sus ojos y el deseo de llorar después de tanta risa. ¡Tranquilo! que todos desafinamos alguna vez, por no decir todas las veces que no nos escuchan. Sí… todos tenemos el derecho a llorar para soplar un año más de nuestras vidas. La acumulación del tiempo se celebra con pastel y hoy notamos su preocupación porque mientras unos reciben juventud usted recibe a la vejez. Abuelo… y ¿si supiera los años que nos deja?, permítanos decirle que todos sus años están trabajados con sus manos, afianzados con sus huellas, sufridos con sus venas, felices con la capacidad y el optimismo de su mente. Los años que nos deja se que...

Sobre la balanza...

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Pisa todo el tiempo la balanza, la balanza está pesando más que ella, ella lo sabe, es mentira que el espejo le mienta, es solo que cree que las demás siempre van a ser más delgadas que ella. Tiene de todo para comer, que la llamen a comer es su martirio. Se mata de hambre, al hambre está adaptado su estómago, su estómago prefiere que lo tengan vacío. No se puede estar todo el día sin probar bocado, Ana quiere algo, antes debe contar las calorías de lo que está por ingerir, luego vendrá el ejercicio excesivo y después la balanza, un kilo menos siempre es menos a lo que ella desea para su cuerpo. No le gusta que la vean comer ni siquiera una fruta, las piernas se le quiebran, ya no le dicen ni gorda ni flaca ahora la llaman anoréxica. Ana cree que todos exageran, controlar su peso es normal aunque la normalidad sea para ella alterar las funciones de su organismo sometiéndolo a la dieta de los platos vacíos. ...

¿Cuánto cuesta la manzana?

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 ¿Cuánto cuesta la manzana? preguntó con ganas una pequeña que traía chocando entre sus dedos cara con sello y sello con cara cuatro monedas de cinco centavos. De seguro que mientras hizo esta pregunta pensó si sus cuatro monedas le alcanzarían para comprar el fruto que deseaba, pero cuando la señora le respondió que la manzana de su negocio costaba veinticinco centavos, la niña no dudó en hacerle una propuesta con una interrogante: “¿y no me la puede vender en veinte centavos?”, la mujer bien sentada a lado de sus frutas le dijo que NO. Aquella inocente tendría que guardarse sus ganas por la manzana y sus veinte centavos porque tan solo por cinco no la podría morder. Esos cinco centavos a esta comerciante se le hubiesen olvidado cobrar a uno de sus clientes o tal vez se le hubiesen caído entra las frutas o extraviado en la calle, todo pareciera suceder menos vender una manzana de su puesto en veinte centavos. Reflexión: ¿Cuántos de nosotros hemos tenido ...