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VUELA

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Fuiste más que este mundo en todos los años que llevas aquí, perdiste el miedo a morir y de a poco te acusó el espanto de vivir. Te vi tantas veces entrar y jamás salir, no sé cómo hacías para regresar sin por lo menos morderte la lengua de las ganas que sentías de abrir esa puerta. En tú sitio soñaste toda la vida y jamás te echaste a volar, dejaste en prendas tus alas para quedarte aquí enseñando a volar a los demás y ahora que ellos ya saben cómo hacerlo tú has olvidado cómo lanzarte al cielo. Se te enfrió el cuerpo hasta que los sentimientos te llovieron en granizo por los rincones de tus últimos encuentros con la soledad. Tenías morada la ilusión, verde la sonrisa, grises en el pecho, negro el último golpe que recibió tú irascible corazón. Ya no sentías, tú abrazo era frígido con el calor de mis manos que frotaban tú espalda de tantas cruces cargadas. Yo no me veías, tú indiferencia no me per...

¡SALUD, ESCRITORES MORTALES!

Gracias a Dios somos mortales y más amigos que nuestra mortalidad que por eso estamos enterrados en el mismo mausoleo, con los mismos invitados, los típicos curiosos y los periodistas que nadie ha llamado copiándose del uno al otro la nota que se publicará mañana en todos los   medios. Una de esas noticias dirá: “los mataron muertos”, a otra le pondrán: “los mataron vivos” y entre muertos y vivos ninguna tiene sentido. Bien muertos estamos aquí amigo Juan Ignacio y mientras los guaguas nos lloran, nosotros celebramos nuestra mortalidad con un vaso de colada morada. Acá en mi país así nos recuerdan el dos de noviembre, además nos traen flores y velas, nos elevan con una oración y nos dicen al final de la conmemoración sigan descansando en paz. No creo que la paz sea para los que mueren, más bien pienso que la paz es un descanso para los vivos. A nosotros Juan Ignacio nos cayó la tierra de las letras ...

LUSTRABOTAS

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Es una travesura plasmar con betún el brillo de cada renglón. Me siento más quieta con los tintes sobre la mesa; es el turno de ellos, me lo dicen los banquillos acomodados en las esquinas y los muchachos y señores que me preguntan con insistencia -¿señorita, le lustro los zapatos? Recién con esta interrogación pude darme cuenta que el cepillo por mis zapatos no había pasado. No es mala propuesta sentarme a leer el periódico, mientras el betunero con su franela me deja el calzado como nuevo. Los lustrabotas han bajado su mirada a nuestros pies y nuestros pies han subido a sus cajones. Con apodos o sin ellos, todos son conocidos y madrugadores, pues hay que ganarle tiempo al trabajo en oficina. En la Santa Rosa pasan Don José, ‘Chavito’ y muchos otros, libres para empezar y terminar su jornada laboral, una libertad que no se interna por ocho horas en un edificio. A los que pasamos allá ni siquier...